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dissabte, 5 de novembre de 2011

Leones por Corderos (Marc Ligos)





En el bosque-montaña de “Acorralado” (1982), John Rambo era perseguido por hordas de oficiales que no entendían la fiebre asesina del veterano de Vietnam ni sus traumas ocasionados por el derrumbe de unos valores que pierden su vigencia en la guerra y que, al regresar al hogar, tampoco encuentran a nadie para restituirlos. Lo que Robert Redford hace con su pareja de soldados perdidos en una cima nevada de Afganistán es algo similar: los Estados Unidos dan la espalda a los hombres sacrificados por su causa, porque les han adjudicado su papel de corderos mientras no ven, ni comprenden, sus espíritus de leones. Siempre la mirada clavada en el corto plazo, tanto las quejas como las esperanzas de estos militares de a pie carecen de importancia para un gobierno que aparca el pasado y el futuro lejano. Ni la reflexión ni la perspectiva supletoria entran en un mundo de poderes cuadriculados, armas constructivas que Redford rescata de la realidad renqueante post 11-S para aplicarla a su propio discurso, forzosamente parcial.



Sin embargo, el director y actor no sabe si tener más fe que pesimismo, si ser más patriótico o global. Termina escapándosele el equilibrio orgánico, apoyado en una tolerancia amable que no tensa el debate para impedir que estalle ninguna cuerda, ni para poner las cosas más fáciles al bando en el que sin duda él se posiciona. No por casualidad se ha reservado el papel de profesor universitario colmado de experiencia –recogida en las muestras fotográficas que adornan su despacho– y no el de senador republicano cargado de palabras prometedoras que tuvieron su origen en algún punto que desconocemos –también entrevisto en las imágenes y portadas que el personaje de Meryl Streep observa durante la ausencia del político, encarnado por Tom Cruise–. Este enfrentamiento indirecto de la vejez y la juventud se torna en una apuesta obvia por el diálogo y el entendimiento que, como revela la propia metodología de la película, en primera instancia sería imposible. Redford y Cruise no coinciden en pantalla y exponen durante una hora sus argumentos opuestos: el primero cree en el respeto y la comprensión, aunque no exista acuerdo, mientras que el segundo enlaza ambos conceptos de tal forma que sin coincidencia de pareceres no hay compasión pos

ible.

Es lícito, pues, matar a los enemigos, pues por dicha categoría dejan de ser personas. Es lícito sacrificar a los soldados, porque son instrumentos de condolencia, no gente concienciada –de ahí que entre los planos finales de la cinta se encadenen los monumentos conmemorativos con la Casa Blanca y los anónimos cementerios de caídos en combate, pues la política decide qué destacar y qué enterrar bajo lápida blanca–. Siguiendo esa estela de concatenación lógica y fatal, en el guión confluyen tres escenarios que se corresponden con otros tres niveles del conflicto: el ámbito académico, lo que atañe a la ciudadanía y su educación de cara al interior y el exterior del país, como discuten el profesor (Redford) y su alumno (Andrew Garfield). El ámbito político, representado en la entrevista que mantienen senador (Cruise) y periodista (Streep), al fin y al cabo miembro del cuarto poder, de la primera muleta de las necesidades gubernamentales que desean influir en el nivel anterior. Y, por último, el terreno militar, donde se derrotan las esperanzas de los dos primeros grup

os, dotados de una dialéctica de la que carecen los soldados, como exponían los eternos silencios de “El cazador” (1978).



El acierto de Redford estriba en que, a pesar de su estilo convencional de rodaje, no menos eficaz, no prejuzga ninguna frase, acción o personaje en la narra

ti

va ni en la correspondencia del plano/contraplano. Su conocimiento cinematográfico introduce el humor y la naturalida

d de las que habría carecido un formato televisivo, aunque la contaminación de otros géneros se hace notar en

el breve periplo de los dos soldados perdidos (Michael Peña y Derek Luke), vistos de esa forma borrosa y estratégica que pretende hacer más real la guerra según el modelo de las pantallas caseras e internáuticas. Éste es un problema de estética y de supuesta credibilidad concebida por los noticiarios que el director opone al carácter redentor y combativo de las historias paralelas. Aunque se desprende cierto maniqueísmo de esa intención fabulesca como método de enseñanza frente a un mundo depravado, no se produce una victoria de la primera sobre lo segundo, sino un pellizco a la comodidad y la dejadez, un intercambio de las promesas por el esfuerzo, una derrota salvada más por el honor de un ideal que por el amor ciego a la patria.




Pero, ¿cuál es ese ideal? Identificándose con los personajes "mejores" de la trama –pues los "malos", el senador, lucen tan bien la piel muerta de león sobre la lana que no es tan legible su lado condenatorio–, es decir, con el alumno, la periodista y los soldados, el objetivo primordial es una toma de conciencia y una obligación de coherencia personal. Que exista valor o no para acometerlo es una duda a la que Redford no puede dar respuesta –caso de la periodista, que se traiciona, de los soldados, que se ennoblecen, o del alumno, que cierra a negro sin una idea definitiva–. Por supuesto que en esa disyuntiva no es sencillo tragarse todo el aire y, de cuando en cuando, al director se le escapan pequeños suspiros: tras la presentación del plan militar de ataque en la base, la tropa se levanta rígida y decidida mientras el alto mando inicia el movimiento contrario, asentarse con la mayor parsimonia y tranquilidad posibles. Hay un remordimiento, pero rumiado en la impasibilidad, en la separación de quien toma las decisiones y quienes las ejecutan. El apoyo de Redford es claro no sólo en ese cambio de plano, sino también en la ofensiva posterior al Black Hawk en la que se combinan borrosos planos de un interior caótico con otros exteriores que demuestran la debilidad del aparato en un medio congelado. El toque de gracia sucede durante esa parodia de telediario que, sin gran sutileza, demuestra la ineficacia del diálogo político frente a los deseos de cambio o el poder de un solo individuo para pensar distinto. ¿Será un punto de partida o el comienzo de otro ciclo repetitivo?

Crítica de Almudena Muñoz Pérez a www.labutaca.net

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