des d'una perspectiva històrica i transversal estudiem, analitzem i relacionem els fenòmens de l’ art, el disseny,
l'arquitectura, l’artesania i la imatge amb els esdeveniments contemporanis de la cultura,
el context econòmic, social i polític dels últims 40 anys; això vol dir que "cavalquem sobre lo tigre..."

dilluns, 31 d’octubre de 2011

El salero de Cellini (Clara Herreros)


(...)
Un famoso salero de oro que Cellini produjo en 1543
para Francisco 1 de Francia (hoy en el Kunsthistorisches Museum
de Viena) servía para justificar su jactancia. Ni tan altivo monarca 
se habría servido sal de ese salero, ni siquiera ocasionalmente.
El cuenco que contiene la sal está empotrado en una
maraña dorada. En su corona, dos figuras doradas, una masculina
y otra femenina, representan el Mar y la Tierra (la sal pertenece
a ambos dominios), mientras que, en la base de ébano,
diversas figuras en bajorrelieve representan la Noche, el Día, el
Ocaso y la Aurora, además de los cuatro Vientos (la Noche y el
Día rinden homenaje directo a las esculturas que Miguel Ángel
realizó de estas mismas figuras para las tumbas de los Medici).
La intención de este magnífico objeto era causar asombro, y lo
consiguió.


Antes de preguntarnos por qué este salero es más una obra
de arte que una pieza de artesanía, tenemos que situar a Cellini
entre sus colegas. A lo largo de la Edad Media hubo maestros,
y también oficiales, como consta en el Livre des métiers,
que deseaban establecerse por su cuenta como empresarios. Estos
empresarios artesanos deseaban pagar a sus asistentes sin
asumir la obligación de darles formación. Su prosperidad dependía
de que consiguieran hacerse un nombre para sus productos,
algo parecido a lo que hoy llamaríamos "marca de fábrica").
Esta última circunstancia confería una señal de distinción
cada vez más personal. Los gremios medievales no tendían a
acentuar diferencias individuales en el seno de los talleres de una
ciudad; el esfuerzo colectivo de control del gremio indica dónde
se han hecho una taza o un abrigo, no quién los ha hecho.
En la cultura material del Renacimiento, aportar el nombre del
autor del objeto se hizo cada vez más importante para la venta
de una amplia variedad de bienes, incluso de los más prosaicos.
El salero de Cellini responde a este modelo general de marca. El
hecho de que un cuenco para la sal se hubiera convertido en un
objeto de tal refinamiento que trascendía cualquier mera finalidad
funcional era por sí mismo un motivo de atracción, tanto
del objeto como de su autor.
(...)
No obstante, lo mismo que muchos otros objetos,
su salero llegó a adquirir valor público porque exponía y expresaba
el carácter íntimo de su autor. Era eso, sin duda, lo que
pensaba Francisco I cuando exclamó: «¡He aquí a Cellini en persona!»


Richard Sennett
"El artesano"
EDITORIAL ANAGRAMA

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